50/50

Siempre he pensado que una de las grandes ventajas de ser mujer es el derecho a ser cursi. Llorar con películas de Disney, atascar el cuarto de color rosa, pintar corazoncitos en los cuadernos, mandar notitas a la menor provocación y tener serias revelaciones de vida a consecuencia de momentos que otros considerarían insignificantes.

Ayer experimenté esto último mientras disfrutaba de “50/50″, película de Jonathan Levine que retrata los cambios en la vida de Adam (Joseph Gordon-Levitt), un joven de 27 años que es diagnosticado con cáncer.

El impacto ocurre poco después de iniciada la película, y resulta sorprendente, además de agradable, que el personaje principal no sufra una transformación inmediata, (y ya muy vista) en la que pretenda comerse al mundo en el tiempo que le queda de vida. Más apegada a la realidad, la historia se desarrolla con buen ritmo, y muestra de forma ligera pero creíble las reacciones de aquellos que rodean a Adam, destacando  el mejor amigo, Kyle (Seth Rogen), quien escupe toscos chistes en las situaciones más sensibles, y Katherine (Anna Kendrick), joven e inexperta terapeuta que incomoda invariablemente a su nuevo paciente gracias a su torpeza y nerviosismo.  

Vale la pena mencionar el soundtrack, pues resulta muy adecuado además de emocionante, con temas como “High and Dry” de Radiohead, “Yellow ledbetter” de Pearl Jam y la clásica “To love somebody” de los Bee Gees.

Con la dosis adecuada de romance, comedia y drama, “50/50″ se perfila como una de las imperdibles para este febrero. Véase acompañada de los respectivos pañuelos desechables, palomitas jumbo y hombre grandote* a quien abrazar cuando llegue el desenlace de esta linda película, que definitivamente me puso a reflexionar sobre lo que he estado haciendo mal con mi vida.

* Si son chaparritas (os), pueden conseguirse a un hombre /mujer de menor tamaño.

 

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“Bordar por la paz. Un pañuelo una víctima”

Poco a poco, la violencia se ha apoderado de nuestro entorno. No, no, no, permítanme corregirme: no ha sido poco a poco, sino como bien lo describen muchos, fue una ola que arrasó, y que constante y precisa, baña de sangre todos los territorios conocidos. Imposible decir algo inteligente, interesante o revelador al respecto, más difícil asimilarlo. No poseo respuestas a si el presidente es el culpable con su guerra contra el narco, no me parece tan simple, sólo sé que su figura me desagrada y que esa sensación se origina en mis entrañas, sin mayor explicación. El mismo repudio siento hacia todas aquellas personas que forman parte de la maquinaria, hasta ahora semi perfecta y eficaz, que mata sin parar.

Dentro de todo ese malestar contenido, -y digo contenido porque la posibilidad de regalarse un momento para desahogar tanto coraje y manifestarlo de alguna forma pareciera ingenua con el endemoniado ritmo de vida que llevamos-, hay grupos de personas, cada vez más grandes, que se están organizando. No para cambiar las cosas, no para hacer presión social, creo yo que el propósito es más bien moralizante. Un desahogo colectivo  que toma lugar ya sea en una marcha, en lecturas públicas, teatro callejero o algún concierto de rock. Manifestaciones culturales (o no) en las que la gente se encuentra cara a cara con otras personas que cargan el mismo desazón, la misma incertidumbre. El gritar al unísono, el reir o llorar, sin pena y sin freno porque el de al lado es capaz de comprender, se convierte en algo terapéutico y muy necesario.

Cada vez hay más lugares donde toparse con estos grupos organizados. Esta vez, el proyecto que llamó mi atención lo encontré caminando por Coyoacán. Unas personas bordaban unos pañuelos, y aunque en principio pensé que eran las típicas manualidades para abuelitas, después me percaté de lo que decían los bordados. “Bordar por la paz. Un pañuelo una víctima” es el lema del colectivo “Fuentes Rojas”, quienes proponen bordar pañuelos con los nombres o descripciones de cada uno de los cincuenta mil muertos de la guerra contra el narco. El objetivo del proyecto es, en sus propias palabras, “bordar esperanza y memoria”. Una vez logrado un número considerable de bordados, se mostrarán en las plazas públicas del país.

A continuación, las instrucciones para el bordado, y los datos de contacto por si les interesa participar:

1. Capturar el texto de un caso y pasarlo a la tipografía que elijas. Se sugiere usar de 28 a 48 puntos.

2. Centrar el texto en la página.

3. Imprimir el texto sobre el papel y pasarlo con papel carbón al pañuelo, asegurándose que no queden letras fuera de la tela.

4. Usar hilo rojo. No importa el tipo de rojo ni si una sola persona bordará todo el texto.

5. Incluir del lado izquierdo el o los nombres de quien bordó y el lugar dónde se bordó.

7. Finalizar el bordado poniendo del lado derecho, con tipografía libre (de 36 ptos.) el número del caso en relación con la totalidad de los muertos que van.

COMPRA

Los pañuelos deben medir 42 x 42 cm y cuestan $4.00 cada uno.

LUGAR

Los domingos de octubre se harán bordados colectivos en el jardín del centro de Coyoacán de 12 a 16 hras.

CONTACTO

mocas3x@gmail.com

NOTA IMPORTANTE
El proyecto es autosubvencionado, y si bien se agradece la cooperación en cuanto al costo de los materiales, lo más importante es gente que quiera bordar. Lleva a tu abuelita, a tu mamá, a tus tías, a tus hijos, a tus primos, a tu novio, pero llévalos.

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El barrio

“No, si yo me acuerdo, antes era bien suave, ahora ya no puedo ni llevar a mis hijos de visita”.
El Ruqui tiene cincuentaytantos años, y es de Tepito. Ahí nació, creció y conoció a su esposa. Convivió con asaltantes, secuestradores y traficantes de drogas; personas normales, con trabajos diferentes. “Era gente que vivía en las vecindades de enfrente, pero de verdad que eran buenas personas, hacían su chamba y respetaban, ahora ya no es así”.
Cuando era niño, al Ruqui le gustaba el futbol. Todas las tardes se armaba la cáscara y los partidos se alargaban hasta altas horas de la noche, sin que se hicieran presentes regaños de los adultos. “¿Pues que nos podía pasar? estábamos en el barrio, los grandes cuidaban a los más chicos, todos nos conocíamos.”
A los trece o catorce años, el Ruqui se metió al equipo de futbol de la colonia, y recuerda con alegría que jugaron varios campeonatos, patrocinados precisamente por los traficantes, rateros o secuestradores.
“Ellos tenían dinero para llevarnos a todos en la combi, comprarnos el uniforme, pagar el arbitraje y luego invitar la torta y el refresco que comíamos después de cada partido.- ¿Y a poco no se tomaban una caguama, Ruqui?- Ah sí, claro, pero yo estaba muy chico y no me gustaba, la verdad que siempre fui tranquilo. También en la combi se mariguaneaban, cerraban las ventanas y órale, a fumar todos. Yo aunque no fumara, me mareaba, y así llegábamos a jugar. Si ganábamos, en el regreso era otro churro, y ya después las tortas y las cervezas”.
El Ruqui cuenta que prefirió no clavarse en vicios, y le creo. Alto, robusto y con el pelo canoso, habla con cariño de esa época, sin juzgar a esa gente con la que se relacionó durante años. “En la calle siempre se ponían a fumar, y todos sabíamos, pero antes por lo menos había el respeto de que, si pasaba una señora, le decían -buenas tardes, jefecita- y apagaban o escondían el churro, ahora ya les vale”.
Muchas costumbres han cambiado, y el barrio ya no es lo que era. “Me acuerdo que una vez nos subimos al trolebús para ir a una fiesta, y los canijos bolsearon a la gente. No les hacían nada, ni les pegaban, pero sí nos dábamos cuenta que les sacaban las carteras re fácil. A veces se necesitaba más show, alguien que se pusiera a gritar -¡Mi papá!, ¡mi papá!-, y ya en la bola que se hacía, aprovechaban y robaban. Otra técnica que usaban era decir en voz alta -¡Chin! ¡mi cartera!- y fijarse que hacían los demás. Por lo general, toda la gente pone la mano en donde tiene la cartera para asegurarse que ahí sigue, y así pues ya te indican sobre qué tienes que ir. Ya cuando habían bolseado nos bajábamos y comprábamos las botellas para la fiesta”.
El Ruqui le dio buen uso a todo lo aprendido. Alguna vez, incluso, libró a un trolebús de ser asaltado. “Iba yo a una fiesta, con un trajecito bien a todo dar, cuando se subieron unos chavos. Luego luego se veía que iban a robar, pero toda la gente seguía bien tranquila. No me dio miedo, pero no quería que me quitaran lo que traía, porque lo iba a usar para invitar a una chiquita. Cuando se me acercaron, me acordé que uno de los grandes me había dicho que si alguna vez estábamos en esa situación, dijéramos una frase y con eso nos salvábamos. Entonces les dije -Soy del barrio y ando sobres-, sin saber qué significaba, pero para ver si servía. Ellos se me quedaron viendo y luego luego se bajaron, diciendo -Vámonos muchachos, aquí hay pescuezo- Nunca supe qué quería decir”.
Las cosas cambiaron después del terremoto del 85. Durante la adversidad, el barrio permaneció unido. Los hombres hacían guardias nocturnas, las mujeres cocinaban y se encargaban de los niños, se hacían búsquedas y rescates vecinales, se evitaban los saqueos y asaltos. Cuando comenzó la reconstrucción de la ciudad, las vecindades que hasta ese entonces, habían estado separadas, quedaron dentro de una sola, haciendo imposible la distancia que se mantenía entre las distintas familias del barrio. “Con las nuevas vecindades quedamos todos revueltos, y poco a poco se fue perdiendo ese respeto que se tenía hacia la gente del mismo barrio. Ya te asaltaban y no les importaba, los muchachos se la pasaban de marihuanos frente a quien fuera, y el crimen y las persecuciones eran el pan de cada día. A lo mejor siempre fue así, sólo que no nos dábamos cuenta porque vivíamos en vecindades separadas”.
Ante este panorama, el Ruqui decidió salirse. Recién casado y esperando a su primer hijo, se buscó una casa en otro lugar e hizo su vida lejos de Tepito. Ahora vuelve a visitar de vez en cuando y se entristece al ver el deterorio extremo en el que se encuentran las vecindades. Todos los muchachos envueltos en la delincuencia, y las chavas, embarazadas desde chicas. Le da alivio saber que su hija de 22 años está a punto de terminar la carrera, y que su hijo de 25 tiene un trabajo y una familia recién formada, en una zona tranquila de la ciudad.
“No, no, no. Definitivamente el barrio ya no es el mismo, pero todavía me acuerdo…”.

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Victorio

Los mexicanos somos muy incisivos cuando de criticar productos nacionales se trata. Llámenle futbol, cine, políticos, música o lo que sea, no tenemos piedad. Muchas veces el desprecio es automático, ni siquiera nos preocupamos por argumentar las fallas que convierten lo que producimos, en una chafez. Señalo esta actitud porque pretendo evitarla al externar porqué no me gustó esta película, mientras que el resto de los reporteros que también la vieron, salieron impactados de la proyección. 
Victorio (Luis Fernando Peña) es un pandillero de la mara salvatrucha que mata a un miembro de su clicka en defensa propia. Preocupado, se busca un trabajo que lo mantenga alejado de la “MS”, y comienza a vender droga en las calles. Ahí conoce a Gabriela (Irán Castillo), una atractiva pero problemática chava, que funge como la amante del narco que les reparte la mercancía. El resto es predecible, Victorio y Gabriela se “enamoran”, tienen sexo y las consecuencias no sólo de estas acciones sino de las decisiones que han tomado a lo largo de su vida, los alcanzan y les acarrean un trágico final.
La película, dirigida por Alex Noppel y producida por Joel Núñez, tiene buenas intenciones. Pretende darle voz a los marginados y desprotegidos, y mostrar su lado humano; gente que se ve obligada a actuar de cierta manera por la circunstancias que los rodean y que a pesar de la árida realidad en la que se desenvuelven, no dejan de tener hambre de superación. Sin embargo, no resulta suficiente. La pareja se siente un poco tiesa, los diálogos no fluyen y si bien intentaron evitar a toda costa la caricaturización de individuos como los cholos, la caracterización resulta insuficiente. De acuerdo con Alex Noppel, todo el equipo de producción se adentró en los barrios de Xalapa, Veracruz, donde se llevó a cabo la filmación, para encontrar pandilleros y niños de la calle que quisieran participar. No dudo que este acercamiento resultara fructífero, incluso la misma Irán Castillo destacó todos los prejuicios que desechó al conocer a esta gente real, que es capaz de amar, de ser leal y de procurarse mejores condiciones de vida, pero esta complejidad social no logra transmitirse en pantalla.
En contraste, el personaje que fue mejor construido e interpretado es Lulú (Roberto Sosa), un trasvesti que vive con Gabriela y le brinda amistad incondicional. Sosa, quien ya se hizo acreedor a un premio del jurado por este papel, logra crear una Lulú real, sin utilizar gestos y expresiones cliché que hemos visto hasta el cansancio en este tipo de personajes. Para construir a esta simpática lectora del tarot, Sosa convivió con hombres transgénero que le permitieron observarlos a detalle, y darse cuenta que son constantemente maltratados y apartados por ser diferentes.
En conclusión, la película no es una chafez pero no logra cruzar la línea y se queda en el intento.  A pesar de estar segura de mi opinión, no puedo quitarme de la cabeza la reacción de los otros compañeros, a quienes respeto y admiro (no a todos, eh?), y que se deshicieron en elogios hacia el filme. Ah, también olvidé mencionar que ganó “Mejor ópera prima”.
En fin, “Victorio” se estrena comercialmente el 5 de mayo. Vaya y véala usted mismo.

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Limbo

Nunca me gustó escribir en lugares “públicos”. La pregunta “qué haces?” o “qué escribes?” siempre se repetía hasta el cansancio. No me era posible concentrarme y terminaba cerrando la computadora abruptamente para evitar que los ojos chismosos leyeran antes de que hubiera terminado.
Ahora mismo me encuentro en la oficina. Decidí hacer una excepción por desesperada. Tiene meses que no escribo nada. Llámenle desidia, ausencia de disciplina, falta de inspiración, flojera… No importa. Escribo esto como una llamada de atención a mi misma. Me he centrado tanto en mis “problemas” de adolescente que no reconozco el valor de las experiencias que podrían traducirse en material para este humildísimo (por no decir insignificante) blog.
El otro día, mi papá me enseñó un libro que le fue dedicado. La autora es una periodista especializada en investigación de narcotráfico, que no llega a los cuarenta años y tiene ya varios premios en su haber, además del prestigio que sólo se gana a pulso y a través de los años.
Me sentí inútil, frustrada y enojada. Yo ni siquiera le tiraba tan alto. Yo quería escribir de música, de cultura, de arte. No he sido capaz ni de encontrar un buen nombre para este espacio, que es mio y que está tan descuidado…

Termina la llamada de atención. Comienza la acción. 

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2do Festival Internacional de Cine de la Ciudad de Chihuahua


FICCCH 2010

Debo reconocer que ser reportera de espectáculos (ajá, de chismes) me ha traído muchas cosas buenas. Para mi fortuna, el jefe de asignaciones ha considerado prudente que sea yo quien cubra los eventos más culturales y menos escandalosos. Así, he tenido la oportunidad de ir a conciertos, obras de teatro y por primera vez, a un Festival Internacional de Cine.
Me emocionaba todo lo relacionado al evento, comenzando con que el Festival se llevaría a cabo en Chihuahua, lugar desconocido para mi, continuando con el all-access status que la prensa tiene, sin dejar de mencionar lo básico, ver películas.
No soy cinéfila, no conozco la vida y obra de los directores más importantes, tampoco he visto los filmes más aclamados por la crítica, no estoy casada con ningún género, pero aún así, me resultó imposible tomar la asignación con ligereza. A mis compañeros les sucedía todo lo contrario, asistente regulares a festivales de esta clase, se quejaban de todo. Que si el hotel estaba “feo”, que si era un evento de tres pesos, que si la organización era pésima, que si en Chihuahua hace mucho calor, etcétera ad infinitum.

Sin Memoria

Yo, como buena novata, me limitaba a escuchar y observar, sin emitir opinión alguna, pues repito, era mi primer Festival. Nos entregaron el programa, y noté que no había escuchado hablar de ninguna película, excepto “Año bisiesto”. Me sonaba, pero no recordaba porqué. En fin, después de instalarnos, comer, cambiarnos, quejarnos, tomarnos fotos y demás, llegó la hora de la primera cinta: “Sin memoria”. Protagonizada por Guillermo Iván (tal vez lo recuerden por “La primera noche”) y Martha Higareda (tal vez la recuerden porque siempre la encueran innecesariamente), narra la pérdida de la memoria de un sujeto que no sabe quién es, dónde está ni cómo llegó ahi, sus únicos recuerdos se limitan a momentos felices que compartió con una chica, de quien oh sorpresa, tampoco recuerda nada. Encima, es perseguido por matones que quieren exterminarlo después de que les diga dónde escondió cierto dinero. Aunque no es una película mal hecha, no terminó por convencerme, ya que es un intento por enaltecer la figura del policía en México, lo cual me parece inútil e innecesario, por no decir imposible. Un poco decepcionada, no perdí la esperanza de que los otros filmes serían mejores, y no me equivoqué. La siguiente película que vi fue “De la infancia”, gran trabajo de Carlos Carrera (La mujer de Benjamín, Sin remitente, Un Embrujo, El crimen del Padre Amaro), director homenajeado por su trayectoria, que acudió a la alfombra roja para mi sorpresa y enternecimiento.

Carlos Carrera
Carlos Carrera

Es completamente tímido y seco, se le nota incómodo al posar para las fotografías, y no trata de agradar a las cámaras de televisión. Tuve la oportunidad de hacerle una mini entrevista para el programa, y aunque amable, fue difícil sacarle más de diez palabras. Regresando a la película, cuenta la historia de una familia disfuncional, de clase social baja e inmersa en la violencia. No suena a nada nuevo, pero sorprende, impacta e indigna. La diferencia radica en que toda la historia está narrada desde el punto de vista de los niños que conforman dicha familia, por lo que está llena de momentos fantasiosos, pero verosímiles, además de que cuenta con una figura fantasmal, pieza clave de la trama. No está de más mencionar que Damián Alcázar protagoniza la cinta, en una de las mejores actuaciones de su carrera. Giovana Zacarías hace el papel de la madre violentada, mientras que Benny Emmanuel y Rodrigo Oviedo, quienes prometen mucho, hacen el papel de los pequeños.
Una vez terminada la proyección, hubo oportunidad de hacerle preguntas a Carrera y a Zacarías, quien fue la encargada de leer unas palabras cariñosas para homenajear al director. Sin pena en la voz y más bien con resignación, Carrera confesó que aún no contaba con distribuidora para el filme, pero que continuaría participando en festivales para obtener apoyo. Críticos y público en general hacían preguntas, y yo no me animaba del todo. Finalmente decidí aventarme y le pregunté a Giovana cómo había preparado su personaje, si leyendo sobre maltrato psicológico o teniendo acercamientos con mujeres que habían sufrido abuso físico y mental. La respuesta fue totalmente inesperada. Con la voz temblorosa, la joven actriz confesó que ella había sido una niña afectada por la violencia intrafamiliar, por lo que utilizó su personaje para canalizar todas sus emociones y frustraciones, además de haber leído mucho sobre el tema. Me sentí como una buena reportera…

Año Bisiesto

En fin, después de salir de la sala, con un sabor de boca ligeramente amargo, un compañero recomendó ampliamente que entráramos a ver “Año bisiesto”, y aunque ya estaba empezada, nos puso al corriente en el acto. Protagonizada por Gustavo Sánchez Parra (el “Jarocho” en Amores Perros) y Mónica Del Carmen (actriz desconocida hasta ahora), “Año Bisiesto” narra la historia de una mujer oaxaqueña que habita un modesto departamento en la ciudad de México, quien carga con un trauma profundo relacionado con su padre, fallecido un 29 de febrero. Con cámara fija y sin efectos especiales o una gran producción, el espectador va familiarizándose con la soledad de Laura (Del Carmen), que conoce a un hombre (Sánchez Parra) con quien sostiene una relación nada convencional, que pasa del sadismo a la ternura en minutos. El filme, del australiano Michael Rowe, ganó la Cámara de Oro en Cannes (ah, de ahí me sonaba) y creo yo que su mayor virtud es que afecta de manera significativa al público. Resulta imposible permanecer indiferente ante esta historia, y aunque mucha gente salió de la sala mientras era proyectada, otros nos quedamos pensando en ella por semanas. Todo mi respeto y admiración para Mónica, GRAN actriz, quien fue bombardeada con preguntas después de la proyección, y al día siguiente, durante la conferencia de prensa.

No eres tú, soy yo

El último día del festival presencié la película más “chafa” de todas: “No eres tú, soy yo”. Dirigida por Alejandro Springall (Sexo, Pudor y Lágrimas, Santitos) y protagonizada por Eugenio Derbez y Alejandra Barros, es una comedia romántica que se enfoca en la ruptura amorosa desde el punto de vista de un hombre (Derbez), quien es abandonado por su esposa (Barros) sin mayor explicación  y que tiene que pasar por el proceso de “sanación” común en estos casos.
Si bien no es un completo bodrio, es imposible perder de vista que Derbez es famoso por ser comediante, por lo que verlo llorar y sufrir resulta poco creíble, además de que como buena comedia, cumple con muchas fórmulas predecibles que dan flojera. Lo peor de todo, es que fue ovacionada por el público, mismo que colmó de elogios, a mi parecer, poco merecidos, a Derbez y Barros.

Con sus altas y bajas, el Segundo Festival Internacional de Cine de la Ciudad de Chihuahua, fue todo un éxito.  Lo considero también un éxito personal, además de que me dejó ansiosa por acudir a otros festivales con más antigüedad, mejor organización y mayor cartelera. Festival de Morelia, ¡ahí te voy!

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