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“Bordar por la paz. Un pañuelo una víctima”

Poco a poco, la violencia se ha apoderado de nuestro entorno. No, no, no, permítanme corregirme: no ha sido poco a poco, sino como bien lo describen muchos, fue una ola que arrasó, y que constante y precisa, baña de sangre todos los territorios conocidos. Imposible decir algo inteligente, interesante o revelador al respecto, más difícil asimilarlo. No poseo respuestas a si el presidente es el culpable con su guerra contra el narco, no me parece tan simple, sólo sé que su figura me desagrada y que esa sensación se origina en mis entrañas, sin mayor explicación. El mismo repudio siento hacia todas aquellas personas que forman parte de la maquinaria, hasta ahora semi perfecta y eficaz, que mata sin parar.

Dentro de todo ese malestar contenido, -y digo contenido porque la posibilidad de regalarse un momento para desahogar tanto coraje y manifestarlo de alguna forma pareciera ingenua con el endemoniado ritmo de vida que llevamos-, hay grupos de personas, cada vez más grandes, que se están organizando. No para cambiar las cosas, no para hacer presión social, creo yo que el propósito es más bien moralizante. Un desahogo colectivo  que toma lugar ya sea en una marcha, en lecturas públicas, teatro callejero o algún concierto de rock. Manifestaciones culturales (o no) en las que la gente se encuentra cara a cara con otras personas que cargan el mismo desazón, la misma incertidumbre. El gritar al unísono, el reir o llorar, sin pena y sin freno porque el de al lado es capaz de comprender, se convierte en algo terapéutico y muy necesario.

Cada vez hay más lugares donde toparse con estos grupos organizados. Esta vez, el proyecto que llamó mi atención lo encontré caminando por Coyoacán. Unas personas bordaban unos pañuelos, y aunque en principio pensé que eran las típicas manualidades para abuelitas, después me percaté de lo que decían los bordados. “Bordar por la paz. Un pañuelo una víctima” es el lema del colectivo “Fuentes Rojas”, quienes proponen bordar pañuelos con los nombres o descripciones de cada uno de los cincuenta mil muertos de la guerra contra el narco. El objetivo del proyecto es, en sus propias palabras, “bordar esperanza y memoria”. Una vez logrado un número considerable de bordados, se mostrarán en las plazas públicas del país.

A continuación, las instrucciones para el bordado, y los datos de contacto por si les interesa participar:

1. Capturar el texto de un caso y pasarlo a la tipografía que elijas. Se sugiere usar de 28 a 48 puntos.

2. Centrar el texto en la página.

3. Imprimir el texto sobre el papel y pasarlo con papel carbón al pañuelo, asegurándose que no queden letras fuera de la tela.

4. Usar hilo rojo. No importa el tipo de rojo ni si una sola persona bordará todo el texto.

5. Incluir del lado izquierdo el o los nombres de quien bordó y el lugar dónde se bordó.

7. Finalizar el bordado poniendo del lado derecho, con tipografía libre (de 36 ptos.) el número del caso en relación con la totalidad de los muertos que van.

COMPRA

Los pañuelos deben medir 42 x 42 cm y cuestan $4.00 cada uno.

LUGAR

Los domingos de octubre se harán bordados colectivos en el jardín del centro de Coyoacán de 12 a 16 hras.

CONTACTO

mocas3x@gmail.com

NOTA IMPORTANTE
El proyecto es autosubvencionado, y si bien se agradece la cooperación en cuanto al costo de los materiales, lo más importante es gente que quiera bordar. Lleva a tu abuelita, a tu mamá, a tus tías, a tus hijos, a tus primos, a tu novio, pero llévalos.

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Esos toquines

Con esta columna, gané hace un par de años, un concurso de una agencia de noticias. La comparto porque me sigue gustando, aunque ya no tengo la misma opinión.

ESOS TOKINES…

Por Liliana Sánchez Salas

“Todos unidos por la paz” era la Consigna.
60 pesitos la entrada. ¡Apoyen carnales, es para liberar a los presos políticos!, decían los organizadores.
No armas, no drogas. A cambio, podría disfrutar del familiar sonido de bandas como Maskatesta, Sekta Core, Salón Victoria y Los de abajo.
Los skazeros, punks, hippies y hasta fresas, comenzaban a llenar el estacionamiento del bosque de Tlalpan.
Por doquier se podían ver cabezas con mechas de colores, pantalones parchados, paliacates y cubrebocas, calcetas rayadas y faldas sobre mallones o pantalones.
Tal parece que mientras más recargado y desconcertante te vistas, más comprometido estás con el movimiento.
La música comenzó y ni tardos ni perezosos, los compañeros (como se llaman entre ellos) sacaron la mota y el chemo. De 13, de 18 y hasta de 50 años, todos le jalaban duro, para aguantar el sol y los golpes que se dan en el slam.
Los músicos, como portadores de las ideas de toda la chaviza, alentaban a seguir con la “revolución”. ¿Cuál revolución? ¿cultural? ¿ideológica?, yo, por más que le busco, no le veo el lado revolucionario a la APPO, al Machete ni a los dones de barba y pelo largo que nada más andan buscando a quien grillan para mandarlos a los trancazos en las manifestaciones.
Por más que quiero ser tolerante, no le veo lo chido a que un señor deje sola a su hija de 4 años para entrarle a la mota que muy amablemente, le proporcionará algún “compa”.
Tampoco me pasa que los chemos sean la diversión de la banda al bailar con pasito tun-tun (en un estilo muy vacilante por cierto), al tener la mirada perdida, la boca abierta y la nariz reseca por todos los químicos que estuvieron inhalando.
¡Ah! pero eso sí, detrás de ellos, siempre está su séquito de “viejas”, que eventualmente terminarán embarazadas, empobrecidas y luchando por causas que nunca alcanzaron a comprender bien.
Creo que aquí radica la cuestión que me inquieta respecto a que el ska y el activismo vayan de la mano, la carga ideológica con la que eres bombardeado si decides entrarle al quite. Cualquier cosa en pro de la izquierda es buena, ¡no, qué buena! es EL camino, LA opción. Las ideologías que no encajen con estas características deben ser combatidas a como dé lugar. Pero no, Benito Juárez no es como el Ché Guevara, ni los presos de Atenco o de Oaxaca son como los estudiantes del 68 ó 71.
Son pocos los que realmente están informados, y tristemente, son muchos los que sirven como carne de cañón para luchar no por sus propios intereses, sino por los de alguien de más arriba a quien nunca conocerán.
En fin, seas como seas (de preferencia “buena onda” y con disposición), puedes acudir a esta clase de tokines a disfrutar de la música, de la comida (una telera suavecita siempre se agradece) y sobre todo, del colorido mosaico que forman las distintas tribus urbanas que acuden ya sea a apoyar, fumanchar o simplemente pasar el rato.
Pero eso sí, no te metas a nada que no conozcas, porque puedes terminar repartiendo volantes a los camaradas que digan “Qué hacer en caso de apañón”, o vendiendo pulseras de a 10 pesos en el Zócalo. Todo por una “buena” causa.

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