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El barrio

“No, si yo me acuerdo, antes era bien suave, ahora ya no puedo ni llevar a mis hijos de visita”.
El Ruqui tiene cincuentaytantos años, y es de Tepito. Ahí nació, creció y conoció a su esposa. Convivió con asaltantes, secuestradores y traficantes de drogas; personas normales, con trabajos diferentes. “Era gente que vivía en las vecindades de enfrente, pero de verdad que eran buenas personas, hacían su chamba y respetaban, ahora ya no es así”.
Cuando era niño, al Ruqui le gustaba el futbol. Todas las tardes se armaba la cáscara y los partidos se alargaban hasta altas horas de la noche, sin que se hicieran presentes regaños de los adultos. “¿Pues que nos podía pasar? estábamos en el barrio, los grandes cuidaban a los más chicos, todos nos conocíamos.”
A los trece o catorce años, el Ruqui se metió al equipo de futbol de la colonia, y recuerda con alegría que jugaron varios campeonatos, patrocinados precisamente por los traficantes, rateros o secuestradores.
“Ellos tenían dinero para llevarnos a todos en la combi, comprarnos el uniforme, pagar el arbitraje y luego invitar la torta y el refresco que comíamos después de cada partido.- ¿Y a poco no se tomaban una caguama, Ruqui?- Ah sí, claro, pero yo estaba muy chico y no me gustaba, la verdad que siempre fui tranquilo. También en la combi se mariguaneaban, cerraban las ventanas y órale, a fumar todos. Yo aunque no fumara, me mareaba, y así llegábamos a jugar. Si ganábamos, en el regreso era otro churro, y ya después las tortas y las cervezas”.
El Ruqui cuenta que prefirió no clavarse en vicios, y le creo. Alto, robusto y con el pelo canoso, habla con cariño de esa época, sin juzgar a esa gente con la que se relacionó durante años. “En la calle siempre se ponían a fumar, y todos sabíamos, pero antes por lo menos había el respeto de que, si pasaba una señora, le decían -buenas tardes, jefecita- y apagaban o escondían el churro, ahora ya les vale”.
Muchas costumbres han cambiado, y el barrio ya no es lo que era. “Me acuerdo que una vez nos subimos al trolebús para ir a una fiesta, y los canijos bolsearon a la gente. No les hacían nada, ni les pegaban, pero sí nos dábamos cuenta que les sacaban las carteras re fácil. A veces se necesitaba más show, alguien que se pusiera a gritar -¡Mi papá!, ¡mi papá!-, y ya en la bola que se hacía, aprovechaban y robaban. Otra técnica que usaban era decir en voz alta -¡Chin! ¡mi cartera!- y fijarse que hacían los demás. Por lo general, toda la gente pone la mano en donde tiene la cartera para asegurarse que ahí sigue, y así pues ya te indican sobre qué tienes que ir. Ya cuando habían bolseado nos bajábamos y comprábamos las botellas para la fiesta”.
El Ruqui le dio buen uso a todo lo aprendido. Alguna vez, incluso, libró a un trolebús de ser asaltado. “Iba yo a una fiesta, con un trajecito bien a todo dar, cuando se subieron unos chavos. Luego luego se veía que iban a robar, pero toda la gente seguía bien tranquila. No me dio miedo, pero no quería que me quitaran lo que traía, porque lo iba a usar para invitar a una chiquita. Cuando se me acercaron, me acordé que uno de los grandes me había dicho que si alguna vez estábamos en esa situación, dijéramos una frase y con eso nos salvábamos. Entonces les dije –Soy del barrio y ando sobres-, sin saber qué significaba, pero para ver si servía. Ellos se me quedaron viendo y luego luego se bajaron, diciendo -Vámonos muchachos, aquí hay pescuezo– Nunca supe qué quería decir”.
Las cosas cambiaron después del terremoto del 85. Durante la adversidad, el barrio permaneció unido. Los hombres hacían guardias nocturnas, las mujeres cocinaban y se encargaban de los niños, se hacían búsquedas y rescates vecinales, se evitaban los saqueos y asaltos. Cuando comenzó la reconstrucción de la ciudad, las vecindades que hasta ese entonces, habían estado separadas, quedaron dentro de una sola, haciendo imposible la distancia que se mantenía entre las distintas familias del barrio. “Con las nuevas vecindades quedamos todos revueltos, y poco a poco se fue perdiendo ese respeto que se tenía hacia la gente del mismo barrio. Ya te asaltaban y no les importaba, los muchachos se la pasaban de marihuanos frente a quien fuera, y el crimen y las persecuciones eran el pan de cada día. A lo mejor siempre fue así, sólo que no nos dábamos cuenta porque vivíamos en vecindades separadas”.
Ante este panorama, el Ruqui decidió salirse. Recién casado y esperando a su primer hijo, se buscó una casa en otro lugar e hizo su vida lejos de Tepito. Ahora vuelve a visitar de vez en cuando y se entristece al ver el deterorio extremo en el que se encuentran las vecindades. Todos los muchachos envueltos en la delincuencia, y las chavas, embarazadas desde chicas. Le da alivio saber que su hija de 22 años está a punto de terminar la carrera, y que su hijo de 25 tiene un trabajo y una familia recién formada, en una zona tranquila de la ciudad.
“No, no, no. Definitivamente el barrio ya no es el mismo, pero todavía me acuerdo…”.

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La loca del metro

Hace algunos años me dirigía, como todos los sábados, al dentista. La ruta era la misma, dejar el carro en mega, tomar un camión a toreo, llegar a tacuba, transbordar dirección tacubaya y … cuando sólo faltaba ese último transbordo para llegar a mi destino, la vi.
Estaba despeinada y mugrosa, tenía el cabello corto y canoso. Chimuela, con una falda roja, las piernas llenas de vellos y los ojos desorbitados. Su aspecto no me escandalizó, en una ciudad como ésta no es raro ver gente así. No, fueron sus gritos los que llamaron mi atención. El escándalo que estaba haciendo era imposible de ignorar, sin embargo, todos la miraban azorados y la evitaban. Yo pasé a su lado, más con curiosidad que con miedo, pero ella me despreció como a todos, me miró con verdadero odio y continuó gritando.
Después de notar que era indefensa, los demás usuarios del metro la señalaban y se reían, pero yo me quedé cerca, para escuchar qué decía con tanta urgencia.
Me sorprendí mucho al escuchar que gritaba “Y NO!! LAS MUJERES NO SOMOS PUTAS! NO SOY TU PUTA NI SOY TU SIRVIENTA! Y LOS HOMBRES NO SON MACHITOS, LOS HOMBRES TAMBIÉN TIENEN SENTIMIENTOS Y SIRVEN PARA ALGO MÁS QUE PARA TRAER COMIDA A LA CASA!”
No pude, o no quise escuchar más. Las puertas de los vagones se abrieron y yo subí sin chistar, preocupada por llegar tarde a mi consulta, y al mismo tiempo, pensando en lo que la mujer había tratado de comunicar.
Me intrigó muchísimo conocer la razón de su locura, y se me hace que lo que la llevó a ese estado deplorable pero auténtico, fue un mal de amores. Ella no gritaba más que su verdad y estaba desesperada por hacernos escuchar, ENTENDER, que las mujeres no somos putas ni sirvientas, y que los hombres son algo más que machos que sólo llevan dinero a la casa. Trataba de hacernos comprender algo fundamental, y sólo consiguió burlas. Estando fuera de la realidad, tuvo el valor para exponer su dolor ante los demás, los cuerdos, los que controlamos nuestra conducta hipócritamente, cuando más de una vez hemos tenido ganas de gritar a todo pulmón los pensamientos que no nos dejan en paz.
Ahora, después de varios años, me sigo acordando de la loca del metro. La recuerdo casi con admiración y respeto. Me identifico con ella, pues me desespero al observar (y a veces al ser partícipe) a tantas chicas y mujeres maduras dispuestas a hacer lo que sea por “amor”. Su mensaje no será olvidado, sólo espero poder comunicarlo de manera diferente.

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Kapuscinski

Recuerdo las épocas en las que tomé la decisión de estudiar periodismo. Creía ingenuamente que terminando la carrera, con un título bajo el brazo, conseguiría trabajo en alguna agencia de noticias internacional y me mandarían de inmediato a África o el Medio Oriente, para cubrir los acontecimientos más importantes del momento. Yo quería ser corresponsal de guerra, escribir desde las trincheras, consiguiendo información de primera mano, mezclándome con soldados y políticos, dándome a entender con señas, mostrando mis credenciales en todas las fronteras, con miedo a morir después de cada bombazo que estallara en el aire. Este anhelo había nacido de forma temprana, probablemente por alguna lectura, sin embargo, después de que conocí a Kapuscinski, la idea que yo tenía sobre cómo debía ser un periodista, cambió totalmente.

Ryszard Kapuscinski nació el 4 de marzo de 1932 en Pinsk, Polonia, hoy Bielorrusia. Siendo niño, vivió la guerra de Varsovia en condiciones de refugiado, situación que lo marcó para siempre y determinó no sólo su estilo periodístico sino su espíritu.

A los 17 años, un joven Kapuscinski se inició en el periodismo, colaborando con la revista “Hoy y mañana”. Mientras tanto, cursaba la carrera de Arte e Historia en la Universidad de Varsovia, preparación fundamental que le brindaría el estilo literario que lo caracterizaría más adelante.

Recién graduado, Ryszard Kapuscinski ingresó al Partido de los Trabajadores Unidos de Polonia, del que fue miembro de 1954 a 1981. Por esta situación, se ha especulado que Kapuscinski era un espía comunista, sin embargo, en declaraciones posteriores, el periodista afirmó que la única manera de salir del país bajo el régimen comunista, era colaborando con éste, por lo que mantuvo una actitud cordial y servicial con los altos mandos del partido, para así, obtener el pase de salida que lo mantendría lejos de Varsovia por muchos años. Kapuscinski sabía que de no colaborar, jamás podría abandonar su país, aún así, no aportó ningún documento significativo al gobierno. Este acto demuestra la astucia y determinación que lo acompañarían a lo largo de su vida.

En 1964, fue contratado por la Agencia de Prensa Polaca (PAP) como el único corresponsal internacional de ésta, encargado de cubrir las noticias más importantes de 50 países. Rápidamente, Kapuscinski se vio envuelto en una labor agotadora pero apasionante, que lo llevó a Asía, África, Europa y América, territorios en los que vivió guerras, golpes de Estado, revueltas sociales, masacres y más.

Siendo Polonia un país pobre en la época de la posguerra, la PAP le exigía a Kapuscinski el menor gasto posible, situación que obligó al periodista a redactar telegramas de 800 palabras narrando todo un golpe de Estado, a hospedarse en hoteles sucios y viejos, a viajar largas jornadas en autobús, a alimentarse precariamente. Estas condiciones, que hubieran desanimado a cualquiera, no tuvieron ese efecto con Kapuscinski, al contrario, lo forzaron a siempre buscar recursos y alternativas, a nunca perder la humildad que lo caracterizó y lo más importante, a escribir aparte todo lo que no podía mandar en los cables a Polonia.

Gracias a estos cuadernos llenos de apuntes, hoy se conocen las vivencias de este periodista que vio pasar la historia frente a sus ojos, y que a diferencia de sus colegas, no corría al bar cada vez que terminaba la jornada de trabajo, sino que corría a su habitación a escribir.

“Ser corresponsal, un trabajo agotador, era mi única manera de tener dinero para viajar. Como periodista estaba sujeto a los criterios de brevedad y ahorro. No podía ofrecer un cuadro completo de la situación, en mis artículos no había sitio para las sensaciones, el trasfondo de las cosas, los paralelismos históricos ni las reflexiones. Trabajaba en los países del Tercer Mundo y redactaba informaciones muy pobres. Reducía todo a los hechos desnudos. pero así impedía que mis lectores obtuvieran un sentido de las proporciones. Fuera de su alcance quedaba un mundo inmenso. Por eso empecé a escribir libros.”

Kapuscinski no era un enviado especial, que se quedaba encerrado disfrutando de las comodidades de su hotel una vez que terminaba el trabajo. A él le interesaba el contacto con la gente, mezclarse con ella para no ser visto como un extraño y de esta manera obtener información de forma natural, no como un humano que observa fascinado animales en un zoológico.

“Éste no es un libro sobre África, sino sobre algunas personas de allí, sobre mis encuentros con ellas y el tiempo que pasamos juntos. Este continente es demasiado grande para describirlo. Es todo un océano, un planeta aparte, todo un cosmos heterogéneo y de una riqueza extraordinaria. Sólo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos <África>. En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe.”

Cuando estuvo en África, continente plagado de revueltas sociales, golpes de Estado, traiciones, genocidio y guerra, Kapuscinski decidió establecerse en los barrios donde vivía la gente negra. Sabía que si reporteaba unas cuantas horas y después regresaba a su hotel, los oriundos no confiarían en él. Así que rentó cuartos donde pudo, y aunque al principio lo miraban con recelo, tarde o temprano fue aceptado como uno más, siempre respetuoso de las costumbres del lugar.

Se convirtió en un observador silencioso, que no emite juicios, pues se dio cuenta de que nunca podría entender este lugar tan alejado de las costumbres occidentales. Kapuscinski pasea por las calles de Ghana, de Botswana, de Angola. En todos estos lugares encuentra niños soldados, que le amenazan con su arma a cambio de comida, le sonríe a mujeres que día tras día exponen su piel de cobre bajo un sol abrasivo para vender su mercancía, que se queda, no se vende. Convive con los negros que se han aprovechado de sus puestos en el gobierno, que derrochan el dinero y la comida, que a la menor señal de alarma abandonan el país, sin considerar a toda la gente que no entiende que pasa y sólo se preocupa por subsistir. Kapuscinski recorre kilómetros interminables de caminos en pésimo estado y teme voltear a los lados, pues sabe que se sentirá más cerca de la muerte. Sufre extorsiones cada vez que llega a algún país africano, pues en cuanto baja del avión, sus documentos le son arrebatados y después revendidos, a cambio de no ser asesinado. Se sorprende diariamente, cuando es testigo de escenas en las que cientos de perros se aparean al mismo tiempo para el divertimento de los soldados; no puede creer cómo es que la gente se dedica el día entero a cuidar a sus animales y no los come, a pesar de que estén muriendo de hambre; se conmueve al observar dos cadáveres en medio del desierto, el de un caballo y un hombre, que pudo haberse salvado pero prefirió darle agua a su compañero de viaje.

Y aunque todas estas situaciones, cotidianas para los africanos, puedan parecer ilógicas, impensables e increíbles, el mismo Kapuscinski tuvo momentos de locura, que lo llevaron a la grandeza de ser considerado el mejor periodista del siglo. Por cubrir el acontecimiento en turno, este sencillo corresponsal fue encarcelado 40 veces y condenado a muerte otras tantas, pero inexplicablemente, sorteó todos los peligros, para continuar escribiendo libros apasionantes, que mezclan la crónica periodística, la prosa y la poesía de manera magistral.

“El corresponsal debe ser un hombre de gran resistencia física y psíquica, pues ¿de qué nos sirve un corresponsal si se abandona a la depresión y cae en un estado de postración que lo inmoviliza y le impide escribir una sola palabra en los momentos clave?… Tampoco debe tener miedo, el que se estremece con sólo pensar en las amebas y en las enfermedades venéreas, en que le robarán y apalearán; el que ahorra cada dólar para construirse una casa cuando vuelva a su país; el que no sabe dormir en una choza y el que desprecia a la gente sobre la cual escribe”.

Esta última frase es fundamental para comprender la importancia de Kapuscinski en el periodismo que se escribe sobre países tercermundistas. Estar, ver, oír, compartir y pensar, los cinco sentidos de un periodista, no sólo tienen que ver con el hecho de ser oportunos y eficaces, de nada sirve escribir sobre la gente como si fueran tontos, de manera cínica y burlona, viéndolos como seres inferiores. La empatía caracteriza el trabajo de Kapuscinski y es gracias a ella que obtuvo tanta información de primera mano, siempre subrayando el valor del humano al que se describe y entrevista.

“Para mí una de las características del reportero es la empatía, esa habilidad de sentirse inmediatamente como uno de la familia. Compartir dolores, los problemas, los sufrimientos, las alegrías de la gente, que de inmediato reconocen si él está realmente entre ellos o si es un pasajero que vino, miró alrededor y se fue.”

Para el galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y el Premio Letterario Elsa Morante, el periodismo es una misión de vida, que requiere una vocación y un espíritu guerrero e incansable, con el que pocos cuentan. Sin duda, no hay ejemplo mejor que el de este autor para todos aquellos que ansían convertirse en la voz y los ojos de una sociedad.

Kapuscinski murió el 23 de enero de 2007 en Varsovia, de una grave enfermedad no especificada.

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