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De San Juan Chamula

No sé exactamente cuando me entró el amor por Chiapas, pero seguro que fue un poco después de que conocí al ya olvidado Subcomandante Marcos y al ELZN.
Por años le había pedido a mi papá que nos llevara a Chiapas, para conocer ese estado que me prometía otro mundo. Nunca sucedió. “No, no. En esta época del año llueve mucho, mejor en Diciembre.” “No hija, ¡cómo crees que vamos a ir, si ahorita hace mucho frio!”. Pasaron inviernos y veranos sin poder ir al mítico lugar, hasta que finalmente en estas vacaciones se hicieron los arreglos necesarios para que pudiéramos visitarlo. Y aunque vale la pena relatar cada parte del viaje, lo que me ocupa hoy es San Juan Chamula. No piensen que es un pueblo muy grande, con gran infraestructura  y atención al turismo. No, más bien es un pueblo pequeño, un poco polvoriento, que comparte la arquitectura y distribución de muchos otros. Sin embargo, si se mira con más detenimiento, este pequeño pueblo es verdaderamente otra realidad. Sobra mencionar la pobreza, el tamaño, los servicios. No es eso lo que lo aparta de todo lo que yo conocía. Es más bien la energía que se percibe al poner un pie en él.
A 20 minutos de San Cristóbal, San Juan Chamula cuenta con poco más de 59 mil habitantes. Cuando vas entrando, la gente nota enseguida que eres un turista. Algunos te miran con desconfianza, otros con indiferencia, en realidad nadie sonríe. Bajarte del auto y llegar a la placita del pueblo es toda una hazaña. Muchas niñitas corren hacia ti ofreciéndote sus artesanías, y aunque no estés interesado en comprar, te enganchan regalándote una pulserita que más tarde utilizarán como pretexto para que te lleves algo de mayor valor, como un cinturón, unos portalentes, collares y diademas. Algunas no alcanzan ni los 10 años y ya son expertas en mercadotecnia. Saben qué decir y con qué tono, lloran si es necesario para que no te vayas con las manos vacías. Resulta fácil molestarse por la insistencia de las niñas pero basta mirar a su alrededor para comprender (superficialmente) donde les ha tocado vivir y lo que tienen que hacer para ganar un poco de dinero. Es imposible juzgar a alguien con tantas carencias. Una vez aclientelado con alguna chiquilla, debes seguir tu camino, siempre escuchando al guía pues nunca se sabe qué puede molestar a los chamulas. En la placita, tienes un momento para observar a tu alrededor. Un tianguis que comienza a cobrar vida, con decenas de puestos que venden lo mismo y a los mismos precios, tiendas de antojitos y artesanías, perros callejeros, niños que piden un peso, mujeres con sus bebés tratando de vender lo mismo que sus hijas te ofrecieron en cuanto llegaste, una cruz y al fondo, la iglesia.  Ésta última es definitivamente la mayor atracción del lugar y sin importar lo que te hayan contado antes de ir, no se puede imaginar algo tan extraño como lo que estás a punto de ver.
El guía de turistas regresa con los boletos necesarios para entrar a este recinto, y los “guardias” que están en la puerta te dicen, con una voz que no suena a petición, que apagues toda cámara, celular, etc. pues está estrictamente prohibido tomar fotos del interior. Una vez adentro, la sensación es la de un observador pasivo presenciando un ritual del pasado, de esos que ya se extinguieron, o se mezclaron con algo diferente para ya nunca volver a ser los mismos. Hay bastantes lugareños, aunque el guía menciona que son pocos, ya que hay días en los que está a reventar. El piso está cubierto por agujas de pino, que brindan un olor muy peculiar que se queda grabado en la memoria. A los costados hay dos hileras de mesas de madera, cada una con un santo encima, y por debajo, animalitos de barro que fungen como porta velas. De cada lado debe haber por lo menos 15 santos, y en la pared posterior, están los tres altares más importantes para el pueblo: San Juan Bautista, Jesucristo y… no recuerdo. Son estos tres altares los más coloridos y adornados, con flores y velas de colores que cumplen una función específica. Pero lo más vivo de la iglesia no son sus flores ni sus adornos, son los rezos de toda la gente que va a hablar con Dios. En San Juan Chamula no hay padres, sacerdotes, pastores ni nada que se le parezca. Hace mucho tiempo fueron desterrados y me atrevo a decir que no serán readmitidos nunca. Los fieles llegan a la iglesia, abierta las 24 horas del día, con todo lo necesario: velas, flores, fotos, gallinas o gallos, hierbas y el posh. El posh es la bebida típica de los pueblos chiapanecos, un aguardiente de sabores que se utiliza en todas las ocasiones “especiales”. Como la fabricación de éste es casera, se transporta en botellas de refresco, y es por esto que cualquiera que no esté familiarizado con esta bebida, pensará que el envase contiene su producto original. Una vez que el creyente haya elegido un lugar adecuado, mueve las agujas de pino a los costados, para que haya un pedazo de piso donde colocar las velas. En esa ocasión, toda la gente llevaba por lo menos diez velas delgaditas, que pegaron al suelo. Una vez prendidas, comienzan los rezos, o eso suponemos, pero probablemente para la gente sean diálogos, pues hablan en voz alta, sin inhibiciones, completamente concentrados en lo que están diciendo y pidiendo, sin distraerse con el aleteo de las gallinas, los llantos de los bebés o los pasos y comentarios de los turistas, que se sienten completamente ajenos a un ritual como éste. Dentro de la iglesia también se realizan las limpias, para ellas es necesaria la gallina o el gallo ya mencionados, y el posh. Las que presenciamos fueron realizadas por ancianos, que siempre son los más sabios y con mayor experiencia. En todas las caras que vi, había una expresión triste, casi desesperada. El guía nos explicó que lo más común es pedir por la salud de algún pariente o preguntar por el estado del nahual, que es un animal que contiene una porción del alma de su dueño y por lo tanto, si le pasa algo andando en el monte, será resentido por el hombre. Caminamos a lo largo de la iglesia viendo la misma escena repetidas veces, con diferentes rostros y voces, pero con el mismo tono. Después de un rato adentro de este lugar sagrado, el ambiente se vuelve pesado, los rezos se vuelven un zumbido continuo que perturba la mente de todo aquel ajeno a esta rutina, que se repite día tras día, pues siempre hay algo que pedir. Lo único que quieres es mirar por última vez la impresionante imagen y salir de ahi.
Afuera de la iglesia, después de respirar el aire fresco, se puede tomar la foto del recuerdo. Yo no sonreí, es difícil dejar de pensar en lo que acabas de ver, y darte cuenta de que por unos minutos, estuviste no sólo en otro mundo, sino en otra dimensión. Pareciera que el tiempo no pasa para ellos, pues han llevado a cabo estos rituales por cientos de años y no piensan modificarlos por mucho tiempo más. Más que una visita turística, fue un viaje en el tiempo, conocer una fracción de una idiosincrasia que jamás compartiré y que no logro entender pero que respeto.
El regreso a la camioneta es otra aventura, pues las niñas corren para que no se les escape todo aquel que recibió pulserita y no pude evitar pensar de buen humor que nada realmente se regala en esta vida. Después de las compras, y de darle dinero al niño que cuidó el carro mientras no estábamos, nos fuimos alejando poco a poco de Chamula, con la certeza de que nunca se puede olvidar (ni comprender cabalmente) algo así.

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