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La loca del metro

Hace algunos años me dirigía, como todos los sábados, al dentista. La ruta era la misma, dejar el carro en mega, tomar un camión a toreo, llegar a tacuba, transbordar dirección tacubaya y … cuando sólo faltaba ese último transbordo para llegar a mi destino, la vi.
Estaba despeinada y mugrosa, tenía el cabello corto y canoso. Chimuela, con una falda roja, las piernas llenas de vellos y los ojos desorbitados. Su aspecto no me escandalizó, en una ciudad como ésta no es raro ver gente así. No, fueron sus gritos los que llamaron mi atención. El escándalo que estaba haciendo era imposible de ignorar, sin embargo, todos la miraban azorados y la evitaban. Yo pasé a su lado, más con curiosidad que con miedo, pero ella me despreció como a todos, me miró con verdadero odio y continuó gritando.
Después de notar que era indefensa, los demás usuarios del metro la señalaban y se reían, pero yo me quedé cerca, para escuchar qué decía con tanta urgencia.
Me sorprendí mucho al escuchar que gritaba “Y NO!! LAS MUJERES NO SOMOS PUTAS! NO SOY TU PUTA NI SOY TU SIRVIENTA! Y LOS HOMBRES NO SON MACHITOS, LOS HOMBRES TAMBIÉN TIENEN SENTIMIENTOS Y SIRVEN PARA ALGO MÁS QUE PARA TRAER COMIDA A LA CASA!”
No pude, o no quise escuchar más. Las puertas de los vagones se abrieron y yo subí sin chistar, preocupada por llegar tarde a mi consulta, y al mismo tiempo, pensando en lo que la mujer había tratado de comunicar.
Me intrigó muchísimo conocer la razón de su locura, y se me hace que lo que la llevó a ese estado deplorable pero auténtico, fue un mal de amores. Ella no gritaba más que su verdad y estaba desesperada por hacernos escuchar, ENTENDER, que las mujeres no somos putas ni sirvientas, y que los hombres son algo más que machos que sólo llevan dinero a la casa. Trataba de hacernos comprender algo fundamental, y sólo consiguió burlas. Estando fuera de la realidad, tuvo el valor para exponer su dolor ante los demás, los cuerdos, los que controlamos nuestra conducta hipócritamente, cuando más de una vez hemos tenido ganas de gritar a todo pulmón los pensamientos que no nos dejan en paz.
Ahora, después de varios años, me sigo acordando de la loca del metro. La recuerdo casi con admiración y respeto. Me identifico con ella, pues me desespero al observar (y a veces al ser partícipe) a tantas chicas y mujeres maduras dispuestas a hacer lo que sea por “amor”. Su mensaje no será olvidado, sólo espero poder comunicarlo de manera diferente.
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