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Stellar High

El otro día, en un episodio estilo “adolescente gringo que vive en los suburbios”, paseaba en el auto con un amigo. Recorríamos el “vecindario” en espera de algo emocionante, o en su defecto,  de ver a gente guapa caminando por ahí, qué sé yo. Después de algunas vueltas, decidimos estacionarnos para escuchar música y en uno de los discos que traíamos (armados por mi), inesperadamente inició una de las canciones que más he disfrutado en la vida. Suena exagerado, pero la verdad es que movió algo dentro de mi. La nostalgia me invadió desde las primeras notas del piano y cuando escuché la voz ligeramente atormentada, recordé claramente esa época de confusión extrema por la que todos atravesamos, la adolescencia. Durante casi 7 minutos no pude poner atención a nada más, al llegar al clímax los riffs fluían de manera precisa, no sólo en cuanto al manejo de la guitarra, sino que contenían la cantidad exacta de emoción para conmover y gustar. Imaginar esa melodía musicalizando algún clásico del cine juvenil, como Vírgenes Suicidas, no me resultó difícil.
¿La canción? Transcription, ¿la banda? Stellar High.
Este trío, que no hace mucho dejó atrás esa etapa de la vida, se formó a finales del 2003 en el Distrito Federal y 7 años después han alcanzado lo que muchas otras bandas con más éxito no tienen: calidad. El stoner rock que proponen los Stellar no es nada nuevo, pero está muy bien logrado. Las rolas disponibles en su myspace fueron grabadas profesionalmente y se valieron de la tecnología para tener ese sonido viejo del rock sesentero y setentero que se disfrutaba más con churro en mano.
La banda, conformada por Adrián Tinoco, Juan Carlos Martínez y Jahen Godoy, ha tocado en lugares como El Sacro, The Hostal, La Victoria, Sixties Bar, New Orleans Bar, Los Bigotes de Villa y el Foro Alicia, entre otros, sin embargo, revisando su espacio, no tienen fechas programadas para este año, lo que me desanima (y alarma) un poco.
Esperando que Stellar High no muera pronto, los invito a visitar su página para que puedan escuchar esta música que no sólo entretiene, sino que despierta sentimientos al mismo tiempo que nos hace rockear.

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Esos toquines

Con esta columna, gané hace un par de años, un concurso de una agencia de noticias. La comparto porque me sigue gustando, aunque ya no tengo la misma opinión.

ESOS TOKINES…

Por Liliana Sánchez Salas

“Todos unidos por la paz” era la Consigna.
60 pesitos la entrada. ¡Apoyen carnales, es para liberar a los presos políticos!, decían los organizadores.
No armas, no drogas. A cambio, podría disfrutar del familiar sonido de bandas como Maskatesta, Sekta Core, Salón Victoria y Los de abajo.
Los skazeros, punks, hippies y hasta fresas, comenzaban a llenar el estacionamiento del bosque de Tlalpan.
Por doquier se podían ver cabezas con mechas de colores, pantalones parchados, paliacates y cubrebocas, calcetas rayadas y faldas sobre mallones o pantalones.
Tal parece que mientras más recargado y desconcertante te vistas, más comprometido estás con el movimiento.
La música comenzó y ni tardos ni perezosos, los compañeros (como se llaman entre ellos) sacaron la mota y el chemo. De 13, de 18 y hasta de 50 años, todos le jalaban duro, para aguantar el sol y los golpes que se dan en el slam.
Los músicos, como portadores de las ideas de toda la chaviza, alentaban a seguir con la “revolución”. ¿Cuál revolución? ¿cultural? ¿ideológica?, yo, por más que le busco, no le veo el lado revolucionario a la APPO, al Machete ni a los dones de barba y pelo largo que nada más andan buscando a quien grillan para mandarlos a los trancazos en las manifestaciones.
Por más que quiero ser tolerante, no le veo lo chido a que un señor deje sola a su hija de 4 años para entrarle a la mota que muy amablemente, le proporcionará algún “compa”.
Tampoco me pasa que los chemos sean la diversión de la banda al bailar con pasito tun-tun (en un estilo muy vacilante por cierto), al tener la mirada perdida, la boca abierta y la nariz reseca por todos los químicos que estuvieron inhalando.
¡Ah! pero eso sí, detrás de ellos, siempre está su séquito de “viejas”, que eventualmente terminarán embarazadas, empobrecidas y luchando por causas que nunca alcanzaron a comprender bien.
Creo que aquí radica la cuestión que me inquieta respecto a que el ska y el activismo vayan de la mano, la carga ideológica con la que eres bombardeado si decides entrarle al quite. Cualquier cosa en pro de la izquierda es buena, ¡no, qué buena! es EL camino, LA opción. Las ideologías que no encajen con estas características deben ser combatidas a como dé lugar. Pero no, Benito Juárez no es como el Ché Guevara, ni los presos de Atenco o de Oaxaca son como los estudiantes del 68 ó 71.
Son pocos los que realmente están informados, y tristemente, son muchos los que sirven como carne de cañón para luchar no por sus propios intereses, sino por los de alguien de más arriba a quien nunca conocerán.
En fin, seas como seas (de preferencia “buena onda” y con disposición), puedes acudir a esta clase de tokines a disfrutar de la música, de la comida (una telera suavecita siempre se agradece) y sobre todo, del colorido mosaico que forman las distintas tribus urbanas que acuden ya sea a apoyar, fumanchar o simplemente pasar el rato.
Pero eso sí, no te metas a nada que no conozcas, porque puedes terminar repartiendo volantes a los camaradas que digan “Qué hacer en caso de apañón”, o vendiendo pulseras de a 10 pesos en el Zócalo. Todo por una “buena” causa.

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