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Jocosos recuerdos de la infancia

Hace poco, un amigo que gusta de experimentar con sustancias para expandir su conciencia (ajá, le gusta drogarse) me dijo “no mano, es que cuando eres niño estás permanentemente pacheco”. La verdad esto me dio mucha risa ya que él estaba ídem. Sin embargo, su elocuente declaración me dejó pensando y puede que tenga algo de cierto.

Cuando eres niño todos los colores son más brillantes y las dimensiones de las cosas están alteradas. Puede que veas la puerta enorme  y subirte a una silla te cueste mucho trabajo. Los chistes ñoños son los mejores que has escuchado en la vida y no puedes dejar de reírte. Dices lo que se te viene a la mente sin importarte si es políticamente correcto. También dibujas o escribes cuentos con historias increíbles y personajes inventados. Hasta hoy recuerdas el olor de la casa de tu abuelita, cuando ibas a comer los domingos. Tampoco se te olvida el sabor de la tierra ni todas las cochinadas que agarrabas y te metías a la boca sin mayor problema. Ahora no puedes comer ni un pambazo en la calle porque ya te da gastroenteritis. Tú ¿qué recuerdas de tu niñez? Muchos suelen decir “ah si, fui muy feliz”, otros “ay no, yo no tuve infancia” pero lo más seguro es que todos recuerden con exactitud momentos aparentemente normales, que los marcaron de por vida. Por ejemplo, el día en el que la maestra los regañó enfrente del salón, cuando les pusieron un apodo que odiaron por el resto de sus días, cómo era la niña o niño que les gustaba, en fin.

Por mi parte, tengo muchísimos recuerdos pero el que hoy no me ha dejado en paz tiene que ver con la playa. No me acuerdo cuántos años tenía, ni si ya había engordado o no, pero sí recuerdo que el día que nos íbamos a Puerto Escondido, me tardé mucho en despertarme y mi mamá no me ayudó a vestirme, así que tuve que ponerme lo primero que encontré en los cajones: Un overol de los cazafantasmas (probablemente de mis hermanas porque a mí esa película ni me tocó) y una playera de manga larga y cuello de tortuga, sin camiseta interior, porque se me iba a hacer más tarde.

Con mis papás en los asientos delante y mis dos hermanas y yo atrás, partimos hacia Oaxaca en el viaje más largo y molesto de mi vida. Doce horas en carretera con un sol insoportable y a la taruga niña se le ocurrió ponerse una playera de cuello de tortuga. No pasaron ni tres horas cuando ya me estaba quejando amargamente de la situación. Recuerdo que mis hermanas ni me pelaban y jugaban ahorcados o timbiriche en un cuaderno y mis papás iban adelante platicando. No me hicieron mucho caso hasta que llegamos a una gasolinería y me vieron como una plasta sudada y deforme. Para acabarla de amolar se me había pegado el overol a la piel y no me quería mover. Así que no bajé a estirarme ni al baño como lo hicieron mis hermanas. Mi papá me propuso varias soluciones, como que me pusiera mi traje de baño “de una vez” o la más sensata, que me quitara esa maldita playera. Pero ¡no! ¿cómo me iban a ver todos mitad encuerada? Mi pudor me lo impidió y decidí aguantarme las seis horas que faltaban.

La verdad es que ya no me acuerdo si al final mandé a la goma el pudor (háganme el favor, si tenía como 6 ó 7 años) y me quité la cochina playera o si de plano me puse el traje de baño, pero lo que sí recuerdo es Puerto Escondido. Una playa hermosa, que para esa tierna edad debió parecerme impresionante, con poca gente, agua azul y tranquila (siempre me han dado miedo las olas grandes) y lo mejor de todo, ¡con un río! un río a sólo unos pasos del mar. Recuerdo que todos querían nadar en el mar, pero a mi me molestaba la sal en los ojos, así que le pedí a mi mamá que me acompañara al río. Y fuimos, y “nadé” (porque se me hace que ni sabía y traía unos flotadores). Abajo del agua había muchas piedritas y ramas que hacían cosquillas y además me dejaban la piel babosa, cosa que en ese momento no me molestó. El agua no estaba nada clarita, pero no se veía puerca o atemorizante. Tenía los juncos que todo río decente debe tener y muchos insectos. Esto lo recuerdo como si estuviera viendo una foto de ecosistemas del libro de ciencias naturales de la primaria. En fin, cuando mi mamá se hartó de estar ahí, regresamos al mar, y seguramente me la pasé corriendo como loquita, quemándome ) y jugando con las olas.

No sé cuánto tiempo estuvimos en Puerto Escondido ni si es como yo lo describo. No me acuerdo de ningún otro día de esas vacaciones ni de lo que hicieron mis hermanas o mis papás. Lo único que me viene a la mente cuando pienso en ese recuerdo es a mi, nadando en el río, cruzando un camino de arena para después llegar al mar. Seguramente hay fotos y bueno, bastaría con que le pregunte a mi papá qué más hicimos, pero no me gustaría romper el encanto. Las memorias que tengo de esas vacaciones son mías, no han sido alteradas o incluso recreadas por las fotografías.

Ansío volver un día de estos, para ver si el río sigue tan cerca del mar y poder nadar en los dos, ahora que ya puedo.

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